El negocio de usar el teléfono móvil para buscar aparcamiento

parkingCada vez surgen más ‘apps’ para facilitar aparcamiento y algunas ciudades lo cuestionan.

El mes pasado el fiscal de la ciudad de San Francisco ordenó a tres de esas compañías-MonkeyParking, Sweetch, y ParkModo- que dejaran de operar. Haystack, una aplicación similar de Boston, ha atraído la atención del alcalde, y un legislador local introdujo recientemente un proyecto de ley concebido para cerrar el mercado gris de aparcamientos en la calle. La ética de beneficiarse de vender el acceso a la propiedad pública ciertamente parece problemática.

Cada aplicación configura un mercado en el que un conductor que está a punto de salirse de una plaza puede ganar unos pocos dólares esperando a que alguien que ha pagado por esa información pueda estacionar. Las compañías se llevan una comisión. Los críticos dicen que esto podría crear un incentivo para que la gente se apoltrone en los estacionamientos, cobrando mientras crean más atascos.

Nada de esto ha sucedido, sin embargo, porque aún no está claro que estas apps cambien en nada la situación. «Un montón de gente empezó a hablar teóricamente sobre escenarios que no habían sucedido en la realidad y que podrían evitarse fácilmente», dice Paolo Dobrowolny, uno de los fundadores de MonkeyParking. Si consiguen arraigar, será culpa de las propias ciudades.

La razón de que haya una oportunidad para el arbitraje en torno al estacionamiento es que el aparcamiento callejero en las principales ciudades americanas ha estado crónicamente por debajo de su valor real. Si la gente hubiera tenido que pagar el valor real de esos estacionamientos, habrían movido más sus coches. Dado que se quedan quietos, los urbanistas dicen que hasta un 30 por ciento del tráfico en las grandes ciudades lo crea gente que da vueltas a la manzana, buscando señales de que alguien esté dejando libre un espacio mientras maldice entre dientes.

¿Funciona?

Don Shoup, profesor de UCLA y quizás la más respetada autoridad mundial en regulación del aparcamiento, dice que las aplicaciones cumplen un propósito importante, pero no el que piensan las start-ups. «Lo que me gusta de ellas es que ponen de manifiesto la mala tarificación de los servicios públicos.

Lugares como San Francisco y Boston están matando al mensajero», dice. «Una de las cuestiones es: ¿Funcionan?». Shoup no lo cree. Aunque las ciudades dejaran en paz a las aplicaciones, probablemente fracasarían o se transformarían en otra cosa, porque es realmente difícil conseguir que participe suficiente gente, dice. El paisaje de start-ups ya está plagado de esqueletos de empresas cuyas astutas ideas de crowdsourcing se marchitaron por la falta de público.

Eric Meyer, fundador de Haystack, dice que 10.000 personas se han registrado en la aplicación en Baltimore y Boston. La inmensa mayoría no la han usado. En torno a 1.000 plazas de aparcamiento han cambiado de manos desde que se lanzó la aplicaciones. Uno de los problemas es que vender acceso a tu plaza de aparcamiento no permite ganar mucho dinero. La compañía fija un precio de tres dólares (2,28 euros); aunque permite a la gente ofrecer más, casi nunca lo hacen. «Tienes que ofrecer un incentivo suficiente para cambiar el comportamiento de la gente. Los tres dólares nos ayudan a conseguir ese fin, pero todavía no están consiguiéndolo del todo», explica Meyer.

Dice que la compañía está trabajando en incentivos no monetarios para la gente que ofrece plazas. Actualmente, hay siete veces más gente que usa la aplicación para buscar plazas de aparcamiento que para ofrecerlas. Compartir ingresos con la Administración Una manera de que estas compañías puedan estimular la adopción de las aplicaciones es convenciendo a sus antagonistas del Ayuntamiento para que cooperen con ellas. Después de la reacción negativa inicial, a las compañías, todas a una, les dio por predicar el evangelio de las alianzas público-privadas. Sweetch ha abierto su tecnología, permitiendo en teoría que San Francisco (o Cleveland, o Chattanooga, Tennesse) creen su propia versión de la idea.

ParkingMonkey y Haystack dicen que están dispuestos a compartir los ingresos con los gobiernos locales, pero no se han alcanzado tales acuerdos. Las ciudades se han centrado en maneras menos trabajosas de recopilar información sobre espacios de aparcamiento vacíos. Muchas áreas urbanas, incluidas tanto San Francisco como Boston, han empezado a instalar redes de sensores en plazas de aparcamiento.

Éstas pueden suministrar a los conductores información sobre hacia dónde ir al tiempo que les da a las urbes datos para elaborar un sistema de precios que tenga en cuenta la demanda. Su propagación no es barata Instalar sensores no es barato. Se perfora un agujero en cada plaza para permitir la monitorización, y se pega un pequeño sensor, a un precio de entre 200 y 250 dólares (152 y 190 euros) por sensor, según Worldsensing, que ha instalado 12.000 sensores de aparcamiento en Moscú.

La compañía también cobra entre 3 y 10 dólares al mes por sensor, por la gestión de redes y el servicio de datos. Con 275.450 plazas de aparcamiento en la calle, San Francisco haría frente con estas tarifas a una inversión de capital de hasta 69 millones de dólares (52 millones de euros), con una factura mensual que alcanzaría los 2,7 millones de dólares (2,05 millones de euros) si se quisiera cubrir entera la ciudad.

Compañías como Worldsensing no proponen colocar sensores en cada plaza de aparcamiento. Argumentan que un despliegue estratégico en lugares donde el aparcamiento podría alcanzar precios altos se amortizaría relativamente rápido al tiempo que reduciría significativamente los atascos. Streetline, una compañía que ha instalado sensores de aparcamiento en un puñado de ciudades americanas, pretende instalar el hardware para especular, recuperando su inversión con el aumento de los ingresos de los aparcamientos. La compañía rehusó hablar de tarifas concretas.

Actualmente está trabajando con compañías de coches para instalar aplicaciones en los salpicaderos que se conectarán con estos sensores para dirigir a los conductores a las plazas vacías, según Kelly Schwager, su directora de marketing. Espera tener algunasaplicaciones a punto el año que viene.

Escepticismo

La gente que dirige compañías de sensores es escéptica respecto a las aplicaciones de aparcamiento en crowdsourcing, y viceversa. Meyer sostiene que siempre habrá hueco para el crowdsourcing porque la economía de sensores no puede funcionar en espacios no controlados de barrios residenciales. En torno a 150.000 personas de Boston viven en barrios con crisis de aparcamiento, dice.

Toda ciudad que desee amenazar a aplicaciones como Haystack puede empezar simplemente por cobrar tarifas de mercado por todas las plazas de aparcamiento callejeras. Según Shoup, de UCLA, un sistema de precios racionales significaría que en torno al 15 o 20 por ciento de las plazas estarían disponibles en todo momento; todo ese dinero derivaría directamente hacia las arcas municipales. Subir los precios provocaría seguro una protesta, pero Shoup dice que ciudades como Pasadena han tenido éxito con su subida de precios alardeando de reinvertir los ingresos extra en mantenimiento de las calles. «Creo que las ciudades han gestionado la política de forma muy incompetente», dice.

Fuente: Eleconomista.es (29/8/14)