La tecnología que nos ha salvado de una tragedia en La Palma y predice lo que viene

Desde este pasado domingo, todas las miradas se dirigen hacia Cumbre Vieja, en La Palma, y las fracturas que llevan escupiendo lava ladera abajo desde entonces. Todas las miradas son todas, también la del Sentinel 2. Así se llama la pareja de satélites que forma parte del sistema Copernicus EMS, puesto en marcha por la Unión Europea y su agencia espacial (ESA), un instrumento que ha sido rápidamente ‘invocado’ por los servicios de Protección Civil. Todo, con el objetivo de seguir la pista al magma volcánico así como a los efectos secundarios que deje a su paso camino al mar. Copernicus es un programa que, en resumen, proporciona información y referencias geoespaciales en situaciones como esta o en otro tipo de catástrofes naturales.

En la mañana de este lunes, la plataforma anunciaba la puesta en marcha de su maquinaria y compartía una captura de pantalla del visor en que se podían ver los ‘puntos calientes’ de la erupción así como los fuegos provocados en ese momento. El sistema, con un coste estimado de casi 7.000 millones de euros desde que se empezó a trabajar en ello en 1998, está compuesto por un total de seis misiones, integradas al menos con dos satélites cada una de ellas. Aunque han podido ofrecer algunas imágenes, los responsables de Copernicus explicaban que las nubes habían obstaculizado en parte la toma de imágenes y que este martes se efectuaría un segundo intento. En esa misma publicación en Twitter, ofrecían imágenes captadas por Sentinel 3 en la jornada de este lunes.

Aunque el objetivo de esta red tiene una importante carga académica (pretende ser una fuente de información para investigadores), suele ser un instrumento recurrente de los países de la Unión Europea cuando tienen que hacer frente a grandes fuegos o inundaciones. Es más, Copernicus también ha sido utilizado para medir la superficie afectada por el incendio ocurrido en Sierra Bermeja (Andalucía).

«La vista por satélite es fundamental para gestionar los riesgos después de la erupción«, defiende José Luis Barrera, vulcanólogo del Colegio Oficial de Geólogos. «Te sirve para varias cosas, la más importante, conocer si se han abierto nuevos cráteres en una zona en la que los equipos no tengan visibilidad», agrega.

Este experto afirma también que una de las ventajas de estos sistemas es poder detectar si las coladas de lava están siguiendo el trazado marcado por la orografía o están presentando algún comportamiento inesperado, con el fin de poder tomar las medidas preventivas para evitar daños personales. Una tarea para la que también se suelen usar drones gracias a la capacidad de ‘aproximación’ que tienen.

«Esta tecnología te permite llevar el pulso de los acontecimientos e ir chequeando cuándo se va a apagando cada foco de emisión, ya que no se apagan todos a la vez». Sin embargo, este vulcanólogo es meridianamente claro: es casi imposible averiguar cuándo acabarán exactamente las expulsiones. «Estos sistemas te sirven para predecir el comportamiento de las coladas o controlar los fuegos que provocan. Pero averiguar exactamente cuándo acabará es difícil. Cosas como la sismicidad te pueden dar una pista, pero es muy difícil pronosticarlo».

Adivinar el avance de las coladas

Entre las múltiples herramientas que utilizan los diferentes investigadores y expertos, también hay algunas que sirven para predecir el avance del magma gracias a ‘software’ de simulación. «Estos programas parten de un entorno topográfico que se carga previamente«, comenta Joan Martín, director del Grupo de Geociencias de Barcelona del CSIC. «Se tiene en cuenta que es una sustancia controlada por la gravedad y a partir de ahí se introducen una serie de parámetros para predecir el avance del mismo», añade.

Los elementos que se tienen en cuenta en esta ecuación son cosas como la temperatura, la fuerza de empuje de la lava que sigue saliendo o la ‘viscosidad’. Muchas de estas cosas se saben, por ejemplo, gracias a la velocidad de avance. En el caso de la erupción de Cumbre Vieja, el magma está avanzando a 700 metros por hora, lo que podría indicar que es un material más viscoso, debido al número de cristales en suspensión. «Con toda esa información, te reproduce un modelo sobre la topografía que has cargado previamente por donde tiene mayor probabilidad de avanzar la lava».

No ha sido el caso de La Palma, pero Barreda indica que, aunque es complicado, si las coladas de lava se dirigiesen hacia un punto de riesgo, como una gran capital o instalaciones críticas como una central nuclear, se podría trabajar para retrasarlas, desviarlas o incluso detenerlas parcialmente. «Un buen ejemplo es el de los pueblos colindantes al Etna, que han sufrido episodios en las últimas décadas y han aprendido mucho sobre respuestas estructurales», cuenta. En una erupción sufrida en los noventa, los autoridades locales tiraron de ingenieros para construir contrarreloj muros de hormigón que, combinados con trincheras artificiales, ayudaron a cambiar el trazado y salvar una pequeña villa que aparecía en la trayectoria de la lava.

‘A priori’

Las imágenes por satélite también pueden dar indicios ‘a priori’ y no solo ‘a posteriori’. Así lo explica José Fernández, investigador del Instituto de Geociencias (IGEO, CSIC-UCM) experto en geodesia, que combinando estas con imágenes de GPS consiguió detectar deformaciones del terreno de forma previa a la erupción de Cumbre Vieja, lo que puede suponer una importante señal de alerta. «Estamos hablando de que en el momento de la erupción se han alcanzado deformaciones de hasta 10 centímetros. Esas variaciones se producen por la presión del magma: si es positiva, significa que está empujando el terreno», cuenta.

El problema, añade, es que estos datos no son tan evidentes en las jornadas previas a estos episodios. «Habitualmente, no tenemos valores tan claros. Hablamos de tres, cuatro o cinco centímetros«, comenta Fernández, que insiste en que hay que construir modelos estadísticos y técnicas de interpretación para obtener resultados. «Esos datos por sí solos no te dicen por qué se están produciendo esas variaciones. Hay que tener en cuenta que en un entorno volcánico tienes fallas y tienes acuíferos subterráneos. El modelo que construyas tiene que tener en cuenta que todo eso está actuando simultáneamente».

Cuando se detecta un área de deformación concreta, teniendo en cuenta los kilómetros cuadrados, se pueden tener indicios de que a una cierta profundidad hay una bolsa de magma de unas dimensiones determinadas. Ese trabajo previo, por ejemplo, es el que ha permitido ‘intuir’ que las erupciones iban a producirse en la cara oeste de la isla y centrar en esa zona los planes de evacuación, evitando daños personales.

A este respecto, Joan Martín recuerdas que las estimaciones sobre la cantidad total de magma tienen que ser tomadas como «estimaciones». «Tú lo que estás viendo es el magma acumulado a nivel superficial. No tienes certeza del magma que hay por debajo, que sigue recargando el sistema», argumenta. El problema, según explica este experto, es que no existe un programa o una herramienta estándar. «Sigue habiendo mucha diversidad en los modelos de predicción«, afirma, en referencia a que unos investigadores dan más peso a unos parámetros que a otros. «Aquí entran en juego los algoritmos, las aproximaciones matemáticas. No te van a poder dar la dimensión real, sino una estimación. Pero es mejor tener eso que nada».

Fuente: elconfidencial.com (20/9/21) Pixabay.com

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