Lo que engancha de correr es la soledad y lo chiquitín que te sientes

1375717113_106946_1375717309_noticia_grandeVicente García Beneito (Villena, 1976) es el hombre más resistente del mundo, el único en conseguir el gran slam de las carreras de autosuficiencia en desierto en el mismo año: cuatro pruebas de 250 kilómetros en los desiertos del Gobi (China), Atacama (Chile), Sáhara (Egipto) y Antártida. Apodado el Rey del Desierto, el corredor de Wild Wolf nos recibe en la clínica de Jordi Reig en Alcoy, donde le ponen a punto. Aquí hicieron que tardara 15 días en recuperarse entre el ultramaratón del Sáhara y del Antártida. Su fisio le define como «un animal». Viene de correr 820 km en Australia con una esterilla que va de las nalgas a los hombros como cama.

Pregunta: Empezó con el atletismo en la oposición a bombero, pero de ahí al ultrafondo hay un trecho.

Respuesta: Fue saliendo. Un amigo me dijo de correr una de 162 kilómetros en Argelia, la carrera de Les Sables. Y pensé: «Madre mía». Pero me gustó.

P: ¿Qué pasó para querer más?

R: Quedamos muy contentos, decimosextos en la general. Y eso que nos equivocamos de saco de dormir, demasiado fino. Por la mañana corres a 50° y por la noche estás a 2. El tercer día tuve un subidón de anginas terrible. Tampoco acertamos con la comida. Aquí decíamos qué rico, pero fundido por el cansancio y a 40° no sabe igual. Me la tenía que echar en botellas, todo en polvo, y lo engullía tapándome la nariz.

P: ¿En qué se diferencian los tres desiertos?

R: No tienen nada que ver. Atacama es un desierto en altura, por encima de 2.500 metros, muy caluroso, inestable. Se cruzan grandes salares, lo mismo corres por duro que te hundes de golpe y porrazo cortándote toda la pierna. Te mojas en ríos y eso hace muy complicado cuidarse los pies de rozaduras o ampollas. El Gobi se corría también en altura, pero era mucho más montañoso. Y el Sáhara no tiene nada que ver. Es 100% dunas, dunas, dunas. Hay que modificar la zancada, el ritmo es increíble, hay que adaptarlo continuamente.

P: Y de ahí a la Antártida…

R: En 15 días hicimos maletas y rehicimos maletas. Fue difícil recuperar las sobrecargas y someterte a correr en nieve y hielo. Jordi me recuperó a base de punciones secas. Luego me puso a correr a -20° en el túnel de viento que tiene. Esto es un equipo, no se gana solo.

P: Desde luego. ¿Es muy diferente correr en hielo y en arena? ¿Dónde duele más?

R: Yo a los 50° me he adaptado bien. En duna, vengo haciendo una media de 13-14 km/h. Esa sensación de ver la neblina esa y no saber si te estás mareando tú o te lo está haciendo el horizonte (risas)… La Antártida es otra cosa: la humedad, no saber si quitarte o ponerte ropa, te hundes hasta las rodillas en muchos tramos, no te puedes dejar ni un trozo de piel al aire. El viento te quema. Pero tampoco puedes sudar mucho por las hipotermias.

P: Viene de correr la prueba más larga del mundo en Australia. ¿Fatalidades?

R: Al noveno día, con 400 km en las piernas llegó una etapa reina de 120. Se me sobrecargó el empeine y sufrí el pie de elefante. A las dos horas tenía el umbral del dolor disparado.

P: ¿Cómo se supera?

R: Piensas en tu familia, en tu gente. Mi hijo vino al Gobi y, a veces, pasaba el coche en el que iban acreditados y se salía por la ventana: «¡Vamos papi que tú puedes!», decía. Esa frase la llevaba en la cabeza constantemente.

P: En serio, ¿qué le atrae de esto?

R: Las sensaciones en una etapa reina, tras siete horas corriendo, miras para los lados en pleno Sáhara, rodeado de dunas: Madre mía, dices, estoy aquí solo corriendo en medio de nada. Lo chiquitín que te sientes y la sensación esa de la soledad del corredor de fondo, eso es lo que engancha. Cruzar una meta de esas no tiene nada que ver con la de cualquier otra carrera. Es muy difícil explicarlo. Te hacen sentirte especial en esos momentos en los que te estás exigiendo, en climatologías extremas, con deficiencia alimenticia. Vas perdiendo peso, te vas dejando y aun así le sacas ese jugo de felicidad de estar corriendo en esos sitios. Increíble.

P: ¿Qué pensarán las poblaciones del desierto al ver un tío corriendo con una mochila?

R: En general se vuelcan. La entrada más emotiva fue en Gobi porque la última meta fue en una población chiquitina donde la organización colabora con el pueblo comprando el material escolar para la gente de allí y se ponen las mejores galas. Los chicos te esperaban con pañuelitos rojos y banderas chinas. Te hacen una ceremonia y te demuestran una entrega que se me ponen los pelos de punta al recordarlo. Rompí a llorar. Correr por el desierto y encontrarte eso allí, ¡puf!

P: Su próxima carrera son 268 km. en el cañón de Colorado. Oiga, usted corre mucho tiempo solo, ¿y si se encuentra un puma?

R: En todos los lugares hay algo. En Canada, en la carrera del Yukón, dan instrucciones contra manadas de lobo, tienes un kit por si se rompe el hielo y caes al agua porque la hipotermia es inminente. Son siete días de carrera y con la mochila no es suficiente, vas tirando de un trineo a lo largo 300 y pico kilómetros, 600, 800, depende de la categoría

P: ¿Y si uno no puede?

R: Llevas un aparato para emergencia extrema. Lo pulsas y en media hora te aparece un helicóptero.

P: ¿Y si aparece un oso?

R: Hay que tener sangre fría. No se puede correr, son muy veloces. En el Yukon llevas un silbato. El oso en principio, sin estar acorralado, huye. Si lo está, sí que es peligroso. Si lo ves a lo lejos ponte a tocar el silbato que se irá yendo.

P: ¿Y a usted qué le dieron de comer de pequeño? ¿O fueron los curanderos de Villena?

R: (Se ríe) Yo creo que influye algo la genética, pero hay una parte importante en el espíritu de cada uno. Cuando jugaba al fútbol, si el entrenador pedía 100 abdominales y yo podía hacer 120, las hacía. Hay que sentirse bien entregándote al máximo. También estoy en el momento adecuado.

P: ¿Eso dice en sus charlas de motivación?

R: Enseño lo que se puede conseguir cumpliendo ciertas pautas: ser constante, trabajador y hacer las cosas con sentimiento. Extrapolado a la vida diaria ayuda a afrontar muchos problemas. A los niños les hago ver que siendo buena persona se pueden hacer las cosas. Se les abre una ventanita que les hace preguntarse que uno puede conseguir lo que se plantea, que hay que respetar el medio para los que vienen detrás.

P: Suena feliz…

R: Estar en la brigada de rescate y ayudar a la gente que quiere disfrutar de la montaña me hace sentirme especial. Hago el deporte que me da lo que siempre soñé. Es un sueño de infancia, la verdad.

Fuente: Elpais.com (6/8/13)

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