¿Por qué los trabajadores ya no confían en los sindicatos?

sindicatosPor estas fechas, uno de los quebraderos de cabeza de los sindicatos mayoritarios, ya desde hace tiempo, es cómo disimular el escaso seguimiento de sus manifestaciones en una jornada, el 1º de mayo, en la que tienen garantizada la atención de los medios de comunicación.

Este año UGT y CCOO han optado por la diseminación: actos en toda España, con una concentración central en Bilbao a la que han asistido Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo. Sin embargo, la manifestación más numerosa se celebró en Barcelona. Allí, la reivindicación del derecho a decidir fue la más aplaudida. En Cataluña, UGT y CCOO están al lado de Artur Mas, del que reciben cuantiosas subvenciones.

El drama para estas organizaciones es que a los 1º de mayo ya no acuden ni siquiera la totalidad de sus liberados.

¿Por qué han sufrido ese desprestigio? ¿Por qué la mayoría de los trabajadores ya no confía en las grandes centrales sindicales?

La mayoría les percibe como a organizaciones que sólo pretenden mantenerse a sí mismas

Durante la Dictadura de Franco, UGT y CNT libraron una dura batalla política en la clandestinidad: la caída del caudillo y la defensa de los derechos de los trabajadores se situaban en el mismo plano. En los años 60, otro sindicato, nacido en Asturias, y ligado al PCE, Comisiones Obreras, se sumó a la lucha.

La recuperación de la democracia es, en gran medida, fruto de ese combate en el que algunos se dejaron la vida y muchos sufrieron la cárcel y la represión.

El gran acierto de Nicolás Redondo y Marcelino Camacho (ambos forjados en los años duros del franquismo) fue hacer de UGT y CCOO unos sindicatos capaces no sólo de convocar huelgas, sino de negociar acuerdos con la patronal y con el Gobierno.

UGT y CCOO dieron enorme cohesión al movimiento obrero y se convirtieron en un interlocutor efectivo con la CEOE y con gobiernos de distintos colores.

Pero, en paralelo a su consolidación, los sindicatos se convirtieron en organizaciones poderosas, con unos aparatos burocráticos pesados y costosos de mantener.

Los grandes sindicatos reciben dinero de los presupuestos del Estado, de las comunidades autónomas e incluso de algunos ayuntamientos.

El mecanismo de los liberados les ahorra costes laborales y crea una casta de militantes que no trabaja, pero que cobra como si lo hiciera.

La intervención de las centrales en los expedientes de regulación de empleo les ha proporcionado una jugosa fuente de financiación. Si a ello añadimos el dinero que reciben por los cursos de formación, donde el fraude es generalizado, tenemos una clave fundamental para entender el anquilosamiento de estas organizaciones.

Al igual que los partidos, UGT y CCOO han estado sobre representados en entidades públicas. Los dos han tenido representantes en los máximos órganos de gestión de las cajas de ahorro. Algunos de los males que denuncian en sus manifestaciones han sido generados por ejecutivos que han gozado de su respaldo. Muchos dirigentes sindicales han cobrado sueldos de escándalo y no denunciaron, cuando todavía se estaba a tiempo de evitarlo, la deriva especulativa que terminó con el estallido de la burbuja inmobiliaria.

Al mismo tiempo, cuando han tenido problemas con sus ingresos (las cuotas de sus afiliados apenas cubren una mínima parte de sus gastos), no han dudado en aplicar una reforma laboral que públicamente detestan, para echar a sus empleados.

En cuanto a los mensajes que lanzan a la opinión pública, no hay más que demagogia. Proponer más inversión pública, pedir aumentos salariales en sectores en recesión, reclamar subidas de pensiones cuando el sistema de la seguridad social hace aguas por todas partes, etc. demuestra lo alejados que están de la realidad.

No sólo eso, lo perezosos que se han vuelto a la hora innovar su lenguaje y sus propuestas.

No es extraño que la mayoría de los ciudadanos les perciba como organizaciones cuyo fin último es la pervivencia de la propia organización.

La representación más clara de ese anquilosamiento es la figura de Cándido Méndez, reelegido una y otra vez como secretario general de la UGT sin que se visualice una alternativa.

Ni en CCOO ni en la UGT ha existido en estos últimos meses el mínimo rastro de autocrítica ante los escándalos que han terminado en los tribunales.

En una sociedad de empresas, se necesitan sindicatos. Al menos, en el modelo europeo

No es de extrañar, por tanto, que el 1º de mayo los trabajadores que pueden hacerlo se marchen a la playa o al campo y no se sientan atraídos por marchas desangeladas y discursos vacíos.

Y, sin embargo, los sindicatos son necesarios. En una sociedad cada vez más desapegada respecto de las instituciones, las centrales han sufrido un proceso similar al de los partidos.

Pero cuando el sistema de producción está basado en las empresas, la existencia de organizaciones que representen a los trabajadores es crucial para que exista diálogo social.

En el mundo globalizado en el que vivimos, donde la competitividad es crucial para mantener el nivel de vida y la riqueza de las naciones, sólo existen dos modelos posibles: el basado en precios bajos, con salarios bajos y sin apenas derechos sociales (llamémosle el modelo asiático, del que China, curiosamente un país comunista, es un claro ejemplo); y el modelo que basa la competitividad en la calidad y en la innovación, que permite salarios dignos y garantiza la gratuidad de la sanidad, la educación y pensiones sostenibles (digamos, el modelo europeo, del que Alemania supone el arquetipo).

Es probablemente Alemania el país de Europa donde los sindicatos tienen un papel más activo en las empresas. No sólo como contrapeso frente al capital, sino como garante de la rentabilidad, única forma de mantener y aumentar el poder adquisitivo de los trabajadores.

Los sindicatos no sólo son útiles como interlocutores sociales, sino que son pilares de la sociedad civil. En lugar de ser una rémora para el incremento de la productividad, deberían ser un elemento dinamizador de la misma. Trabajadores mejor formados, responsables en sus funciones, son una condición necesaria para que las empresas puedan crecer y exportar.

Para que los sindicatos no terminen desapareciendo, CCOO y UGT deben hacer un gigantesco esfuerzo de renovación, autocrítica y transparencia. ¿Podrán hacerlo?

Fuente: Elmundo.es (4/5/14)