La utopía de una ciudad-estado flotante con sello de Silicon Valley

¿Imagina qué ocurriría si se crease un micropaís en aguas internacionales que sea autosuficiente?

La cabeza visible de este ‘sueño’ es Patri Friedman, nieto del célebre economista y premio Nobel Milton Friedman (quizá el mayor defensor del libre mercado) y que actualmente trabaja como ingeniero en Google.

Friedman es el presidente del llamado Seasteading Institute, un grupo con sede en Oakland y que está financiado con 1.200 millones de dólares de Peter Thiel, el multimillonario fundador de PayPal.

El objetivo de esta organización, que ya tiene cinco años de vida, es construir micropaíses acuáticos flotantes, situados en aguas internacionales, con un estatus soberano similar al que tienen los cruceros.

El objetivo no es crear simplemente otro paraíso fiscal para las grandes fortunas. El proyecto es mucho más ambicioso y busca evadirse de una sociedad hiperregulada, según Friedman, y crear nuevas formas de gobierno que fomenten la innovación. «Necesitamos países start-up», defiende Friedman en declaraciones a Bloomberg.

«Los gobiernos de hoy en día lo hacen tan mal que la sensación de que se podría hacer mejor es amplia. Un emprendedor diría: aquí hay una industria que está haciendo un trabajo horrible, revolucionémosla con nuevas tecnologías. Seastead es esa tecnología».

Archipiélagos de ciudades-estado flotantes

Los que forman parte de este proyecto ven un futuro archipiélago de ciudades-estado flotantes. «Queremos mostrar como sería una sociedad gobernada por Silicon Valley», explicaba Balaji Srinivasan, uno de los ‘evangelistas’ de este proyecto y socio de la firma de capital riesgo Andreesen Horowitz, en una ponencia en octubre. A pesar de que las dificultades técnicas de crear una ciudad flotante, el proyecto no es solo ciencia-ficción.

En el consejo de administración del instituto se sientan expertos en acuicultura o ingeniería marítima. De hecho, el año pasado encargaron un estudio a DeltaSync, la compañía holandesa especialziada en arquitectura acuática que se adapte a los crecientes niveles del mar. Y el proyecto distaba mucho de un mundo al estilo de la película WaterWorld. En su lugar se divisaban distritos residenciales, hoteles, granjas y refinerías de biofuel en plataformas de hormigón, plástico y acero de unos 2.500 metros cuadrados, organizadas en grupos circulares.

Nadie quiere albergar el proyecto

Ahora, el próximo objetivo de esta organización es encontrar un país que esté dispuesto a albergar un proyecto de este estilo, aunque los estudios de DeltaSync apuntaban al Golfo de Fonseca, en torno a El Salvador, Honduras y Nicaragua, como un lugar ideal. De momento, ya hay unos 500 interesados en ser residentes en un micropaís de este estilo. La mayoría de ellos son libertarios tecnológicos, aunque en el proyecto también hay econologistas o simples avetureros.

El mayor obstáculo para Friedman no es de carácter técnico ni económico (el proyecto piloto costaría 120 millones de dólares, unos 530.000 por persona). Es persuadir a que un país le permite anclar su proyecto y al mismo tiempo le garantice la autonomía que desea. «Estamos todavía a décadas vista de que pase esto. Pero si estoy equivocado y lo conseguimos ahora, ¡fantástico!. Transformará el mundo».

Fuente: Eleconomista.es (31/5/14)